miércoles, 5 de enero de 2011

Encontré un caracol

No me llamó la atención demasiado al principio, pero después de un rato me puse a pensar. El caracol estaba sobre los azulejos del baño, en la parte de la ducha, cerca de donde se cuelgan las toallas, a un metro y medio o un poco más de altura. Me quedó la imagen esa del caracolito, porque era chiquito, paseando por ahí, haciendo luego una siesta bajo la sombra del cilindro de acero, sobre los azulejos grises: qué paisaje!  Y después pensé acerca de cómo habría llegado hasta allí. Tampoco pensé mucho, a ver si se me gasta el cerebro, pero algunas ideas acerca del arribo del bicho fluyeron por el marote. De entrada lo bauticé, lo llamé “Caracol”, me pareció un nombre adecuado dada su forma, esas antenitas, la casita que lleva a cuesta y esa manera tan lenta de desplazarse. Deduje casi sin lugar a dudas, que no entró por la puerta del patio que da a la parra atravesando luego la cocina, llegando al living y posteriormente al lugar donde lo hallé durmiendo. De haber sido así lo habría pisado antes, lo cual contradice la suposición inicial, es decir, por “reducción al absurdo” descarte esa hipótesis. Yo sabía que esas demostraciones de teoremas de análisis matemático y álgebra que soporté en la escuela en algún momento me iban a servir para algo. Pensé que quizás entró por la canaleta que da al patio frente a la parrilla y atravesó unos 10 o 15 metros para salir por la rejilla del baño para finalmente escalar al lugar donde lo encontré. Creo que es lo más probable, no importa si nó. El tema es que si me hubiera avisado antes le hubiera dicho que no se moleste en hacer todo ese recorrido, que no iba a tomar como señal de mala educación caracolil si hacía sus necesidades en el patio. Pero bueno, allá él.

1 comentario:

Paola dijo...

¿señal de mala educación caracolil? me muero, qué precioso!