martes, 11 de enero de 2011

El carpintero erudito


Había una vez un carpintero que vivía en un pequeño pueblo, al pié de una montaña rodeada por bosques de pinos, lengas y alerces. En todos los ambientes de cada una de las casas, podían hallarse muebles y utensilios por él elaborados. Desde camas, armarios, mesas y sillas hasta cucharas y tablas de madera para cocinar.
Juan, que así se llamaba el virtuoso artesano, había tenido la oportunidad de viajar desde muy chico, ya que su papá era el jefe de la estación de trenes.
 En uno de esos viajes, cuando apenas si tenía 5 o 6 años,  tuvo la oportunidad de conocer a quien sería su maestro y mentor en el arte de la carpintería. Su padre tenía que amueblar la sala de espera de la estación y como el pueblo carecía de carpinteros  decidió viajar llevando consigo a su curioso hijo. El deslumbramiento que le produjo al niño observar la manera en la que, con paciencia y dedicación, el hombre trabajaba la madera, lo marcó de ahí en más. De modo que cuando cumplió la mayoría de edad, decidió abandonar el hogar paterno y ofrecerse como aprendiz en el taller de José.
Para la época que Juan comenzó a aprender el oficio, el viejo maestro ya había delegado la mitad de las tareas que involucran la terminación de una pieza. Jorge se dedicaba a la parte mas dura, el aserradero. Recibía los troncos con corteza y todo y los transformaba en tablas, vigas o varillas. Julián se ocupaba del lijado a mano de los muebles, tarea que requería de mucha paciencia, mientras que Pedro finalizaba las obras lustrando, barnizando o pintando los muebles, según la preferencia de los clientes. Del diseño y la construcción de los muebles se seguía ocupando José.
Era tanta la curiosidad y las ganas de aprender de Juan, así como su compromiso y dedicación con cada una de las tareas que se le encomendaban, que al cabo de poco tiempo podía decirse que trabajaba a la par de cada uno de los empleados. Podía reemplazar a Jorge en el aserradero cuando este se enfermaba y garantizar la provisión de materia prima, como así también reemplazar a Julián o a Pedro en sus labores.
Un año después de haber llegado al taller Juan se empezó a aburrir: ya había aprendido a llevar a cabo las tareas de sus compañeros de trabajo. José advirtió esto y como era una persona muy generosa, principalmente con sus conocimientos, comenzó a enseñarle a diseñar los muebles y a trabajar con otras técnicas y herramientas. Día a día, Juan sumaba conocimiento basado en la experiencia directa que obtenía con el trabajo manual, mientras que poco a poco se iba animando a diseñar él mismo sus propios muebles. Así pasaron uno, dos, tres años más. José respondía a cada pregunta de Juan sin el más mínimo gesto de egoísmo; incluso llegó a incluir modelos de muebles diseñados por su joven aprendiz, orgulloso el viejo de haberle enseñado en pocos años, técnicas que a él le habían llevado una vida. José no tuvo la suerte de Juan, casi todo tuvo que aprenderlo solo, a fuerza de prueba y error. Lo que Juan aprendió en algo más de cuatro años a José le había llevado décadas. Así y todo el maestro seguía sorprendiendo a Juan quien por momentos creía saberlo todo y sin embargo siempre aparecía un truco o habilidad especial para el trabajo cotidiano. Estaba claro, por más que el joven conociera y manejara con habilidad el diseño, las herramientas y procedimientos del oficio, los más de cuarenta años de trabajo y experiencia de José eran imposibles de trasladar.
Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Luego de casi cinco años de incansable trabajo y aprendizaje Juan decidió volver a su pueblo con la firme intención de fundar él mismo su propia carpintería. La primera del pueblo.
Y así pasaron los años. Juan se convirtió, con el tiempo, en el virtuoso artesano que fue su maestro y más. Poco a poco fue suplantando a los revendedores de muebles y utensilios de madera, el pueblo entero le compraba a él.  El artesano carpintero del pueblo.
Y así volvemos al comienzo de esta historia, “Había una vez un carpintero que vivía en un pequeño pueblo, al pié de una montaña rodeada por bosques de pinos, lengas y alerces...”
Y un día, el intendente del pueblo pensó en el futuro del pueblo. Pensó en su sucesor, pensó en las deudas, los deudores y las obras por terminar. Pensó también que el pueblo no podía dejar de tener al menos un carpintero artesano de la talla de Juan. Y dada la sencillez de este último pensamiento, comparado con los otros, fue a hablar con él.
-Hola Juan.- saludó  el intendente en el taller.
-Hola Sr. intendente - respondió Juan.
A lo cual le pidió que no lo trate de Ud, y le ofreció su primer nombre para que así lo llame.
 Hablaron largo y tendido. El mandatario le manifestó su deseo de que la tradición en carpintería siguiera siempre en el pueblo, independientemente de si él estuviera o no. Y Juan comprendió: ya tenía setenta años.
 Llegaron a un acuerdo. Fundarían en el pueblo la Escuela de Carpintería. Juan sería el regente y director de estudios. Y de esa manera, los conocimientos de Juan podrían sobrevivirlo a él.
Al cabo de unos meses, quedaba inaugurada la Carrera de “Licenciatura en Carpintería” la cual tenía una duración de 5 años, el último de los cuales estaría dedicado a una especialización dentro de la variedad de áreas que el oficio de trabajar la madera incluye.
En el primer año se cursaban las materias  Historia de la carpintería,  Introducción a la Matemática, Herramientas I y Botánica. En el segundo año las materias a cursar eran  Carpintería Contemporánea, Diseño de Muebles I, Matemática Aplicada y Herramientas II, en el tercer año se debía aprobar sí o sí, para poder acceder a cuarto, Diseño de muebles II, Herramientas III, Carpintería Moderna, Administración y Marketing y Seguridad e Higiene.
En cuarto año, antes de poder acceder al trabajo final, el alumno debía elegir entre diferentes asignaturas optativas como por ejemplo  Reciclado y Medio Ambiente, Carpintería Rústica, Diseño orientado a Empresas, Carpintería Industrial, etc. etc.
En el último año de la carrera, los alumnos  se dedicaban a construir algún mueble, el cual debía tener, como proyecto de trabajo, una fuerte fundamentación en las materias cursadas. Recién ahí se acercaban al taller de carpintería y tocaban con sus propias manos una tabla de roble, encendían una sierra circular o se llenaban de viruta mientras sus oídos se ensordecían por el ruido de las máquinas.
De los alumnos que ingresaban a la carrera, apenas la mitad continuaban en el segundo año. El régimen de aprobación de materias era muy exigente.
El cumpleaños numero 75 de Juan coincidió con la graduación de la primer camada de carpinteros licenciados, 4 brillantes alumnos de un total de 50 que habían comenzado la carrera.
Los recién graduados, tendrían asegurado un trabajo como pasantes en la carpintería de Juan y, recién ahí, comenzarían a transitar el camino que casi 60 años atrás emprendió Juan, cuando llevado de la mano de su papá, comenzó a formarse en el arte de la carpintería.

1 comentario:

Paola dijo...

Muy bueno... yo lo podría contar con periodistas... "había una vez un oficio que se trataba de escribir bien, hacer buenas preguntas, ser ético y no maltratar la intimidad de las personas" pero un día, vino un señor gran periodista, dueño de un multimedio y creó una licenciatura en periodismo, y los que fueron a la facultad aprendieron a escribir mal, hacer malas preguntas, no ser éticos y maltratar la intimidad de las personas"... en fin. Eruditos, lamentablemente, hay en todos lados.